La inevitable imbecilidad del ser humano
Sobre la belleza de la creación y la tragedia de la elección condicionada
«La obra está montada, el escenario es de una factura que humilla toda ingeniería humana, y las entradas fueron repartidas gratis al nacer. La única imbecilidad verdaderamente evitable es pasarse la función entera mirando el bolsillo.»
I — La obra Elogio de la creación
La vida es hermosa. No como consigna de taza de café, sino como constatación que exige detenerse: esta vida es, ante todo, una oportunidad extraordinaria para ver. Para el creyente, ver las maravillas que el Creador puede hacer; para quien no cree en Dios, ver cómo la probabilidad y la incertidumbre son capaces de engendrar estructuras de una belleza que desarma precisamente porque no obedecen a ningún patrón previsible. El ensayo que sigue no exige al lector decidirse entre ambas lecturas. Spinoza, que llamó a Dios y a la Naturaleza por un mismo nombre —Deus sive Natura—, distinguió entre la natura naturans, la naturaleza que crea, y la natura naturata, la naturaleza creada (Spinoza, 1677/2000). Lo que aquí propongo es más modesto y más raro: contemplar la creación desde la creación. Mirar la obra siendo parte de la obra.
Considérese, como ejercicio, la evolución vista con ojos de ingeniero. ¿Cuántos equipos de diseño se habrían necesitado para concebir un sistema como el que conocemos: un soporte molecular de información —el ADN—, un mecanismo de copia, y luego ese golpe de genio que ningún comité habría aprobado jamás: introducir deliberadamente el error? ¿A quién se le habría ocurrido meter en el sistema una variable llamada mutación, un ruido programado que resulta ser el motor de toda la novedad biológica? Hay algo cómico —en el sentido alto de la palabra— en mirar la creación misma desde la perspectiva de la ingeniería: la solución más elegante del universo conocido es, técnicamente, un defecto de fabricación. Aclaro desde ya que hablo en metáfora estética, no en argumento teológico: no pretendo demostrar diseño alguno, sino señalar que el resultado —lo mire uno como obra o como accidente— produce el mismo vértigo admirativo.
Ese vértigo tiene nombre en la tradición filosófica. Kant lo llamó lo sublime, y distinguió dos formas: lo sublime matemático, la inmensidad que desborda nuestra capacidad de representación —la vastedad de un desierto, de una sabana, del universo mismo—, y lo sublime dinámico, la naturaleza como poder ante el cual nuestra resistencia física es nada —la caldera imponente de un volcán— (Kant, 1790/2007). Y tiene también nombre en la psicología contemporánea: awe, asombro. Keltner y Haidt (2003) lo definieron mediante dos valoraciones centrales: la vastedad percibida y la «necesidad de acomodación», es decir, la incapacidad de asimilar la experiencia a nuestras estructuras mentales existentes. El asombro es, literalmente, aquello que no cabe en la cabeza.
Y aquí aparece la primera paradoja, que ya Pascal había formulado con exactitud quirúrgica: para disfrutar de las cosas más bellas hay que salir de uno mismo, del propio ego, y en ese salir uno nota su propia insignificancia frente a una creación tan majestuosa. «El silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra», escribió Pascal (1670/2012), y sin embargo llamó al hombre «caña pensante»: lo más frágil de la naturaleza, pero una caña que sabe que el universo la aplasta, mientras el universo no sabe nada. La investigación empírica sobre el asombro ha confirmado esta intuición con el concepto de small self: la experiencia de lo vasto empequeñece el yo y desvía la atención del egocentrismo (Shiota, Keltner y Mossman, 2007). Resulta paradójico, pero es la paradoja fundadora de este ensayo: solo el que acepta ser pequeño puede ver lo grande.
II — La ceguera El infierno está aquí, y no lo vemos
Desde hace milenios el ser humano creó la idea del infierno, quizá para demostrar que existe algo peor que la vida en esta tierra. Para muchas personas, el infierno está aquí. Pero no se dan cuenta de todo lo que tienen alrededor: desde los átomos mismos, el ADN, la secuenciación de las proteínas —máquinas de una eficiencia que humilla a nuestra mejor tecnología—, hasta un orden tan preciso que solo puede generar admiración y fascinación. El infierno del hombre moderno no es un lugar: es una incapacidad. La incapacidad de ver.
¿Por qué el ser más inteligente del planeta no puede ver más allá de sus propias configuraciones? ¿Por qué se empeña en reducir la creación a la inocuidad de la vida ordinaria? Es como si nos alegráramos de poder replicar un arcoíris usando plástico, mientras somos incapaces de admirar que algo o alguien creó un arcoíris sin necesidad de recurrir a un derivado del petróleo. Llamamos modernidad a artefactos construidos por el hombre que no alcanzan la inteligencia de lo que ya estaba creado afuera y no viene del hombre. Nos admiramos de obras superfluas, del contenido vacío de pseudointelectuales y pseudocómicos, mientras la obra mayor permanece sin público.
Esta ceguera no es nueva; solo ha cambiado de pantalla. Pascal la llamó divertissement: el hombre, incapaz de soportar la contemplación de su propia condición, huye hacia la distracción, y organiza su vida entera para no estar nunca a solas con lo real (Pascal, 1670/2012). Tres siglos y medio después, Byung-Chul Han ha descrito la estética de nuestra época como el imperio de «lo pulido»: una belleza digital sin negatividad, sin herida, sin misterio; agradable, deslizable, olvidable (Han, 2015). El arcoíris de plástico es exactamente eso: lo pulido celebrándose a sí mismo. Y Fromm, a mitad de camino entre ambos, advirtió que una sociedad entera puede estar enferma sin saberlo, instalada en una «patología de la normalidad» donde la alienación se confunde con el éxito y el consumo con la vida (Fromm, 1955/2011).
Cuando la vida contiene una de las comedias y uno de los dramas más perfectos de toda la creación —y esa obra somos precisamente nosotros—, elegimos la reposición barata. ¿Quién pudo haber creado tal obra magnífica, una comedia dantesca, un drama sin precedente, que quien la contempla de cerca no puede clasificarla sino como obra de terror, gobernada por estructuras invisibles que reinan sobre la comprensión? Esta pregunta no es retórica. Es el centro del ensayo, y para responderla hay que pasar primero por un espejo.
III — El punto ciego El ojo que no puede verse
Hay una imagen que condensa el problema: vemos a través de los ojos, y podemos analizar la composición del ojo —córnea, cristalino, retina—, pero el ojo mismo permanece invisible para el observador que observa con él. Es como si un ojo pudiera estudiarse a sí mismo, ser observado desde sí mismo: una autorreferencia. Y sin embargo, ahí está.
Esta no es solo una metáfora afortunada; es uno de los problemas más serios de la filosofía de la mente. Hofstadter (1979, 2007) ha sostenido que la conciencia misma es un «bucle extraño»: un sistema que, al volverse sobre sí mismo, genera el yo como efecto de su propia autorreferencia. Y Nagel (1974), en un artículo célebre, demostró los límites de toda descripción objetiva de la experiencia: por más que sepamos todo sobre el sistema visual de un murciélago, no sabremos cómo es ser murciélago; la perspectiva en primera persona no se deja objetivar por completo. El observador no puede salirse de la óptica del observador.
Aquí está la clave de la imbecilidad que da título a este ensayo, y conviene definirla con precisión, porque no es un insulto sino un diagnóstico: llamo imbecilidad a la incapacidad estructural del ser humano para ver aquello desde lo cual ve. No somos estúpidos por falta de inteligencia —somos la especie más inteligente que conocemos—; somos estúpidos porque nuestra inteligencia tiene un punto ciego exactamente donde estamos parados. Vemos el cosmos y no vemos el condicionamiento que organiza nuestra mirada. Y de todos los territorios donde ese punto ciego opera, ninguno es tan devastador como el que examinaremos al final: el territorio de nuestras elecciones.
IV — La soledad La manada que eligió estar sola
Pero antes, una vuelta más de la tuerca. La creación produjo individuos que al inicio tenían que trabajar en grupo para lograr la existencia misma: cazaban como manada, criaban como aldea, sobrevivían como unidad. La cooperación no fue un adorno moral; fue la condición de posibilidad de la especie. Y resulta que esos mismos individuos, dotados de una inteligencia que les permitió dominar el planeta, han usado esa inteligencia para invertir el mecanismo que los hizo existir: buscan estar completamente aislados, alienados con una tecnología que cabe en el bolsillo, más solos que nunca en el mundo más interconectado que ha existido jamás.
Esto ya no es una impresión de moralista. Turkle (2011) documentó etnográficamente la paradoja: esperamos cada vez más de la tecnología y cada vez menos de los demás; estamos «juntos pero solos», conectados en red y desconectados en presencia. Y las consecuencias no son solo existenciales sino literalmente mortales: el metaanálisis de Holt-Lunstad, Smith, Baker, Harris y Stephenson (2015), sobre setenta estudios, encontró que el aislamiento social, la soledad y el vivir solo se asocian con aumentos del 29%, 26% y 32% en la probabilidad de mortalidad, respectivamente —magnitudes comparables a factores de riesgo tan establecidos como el tabaquismo o la obesidad. La especie que existió por la manada se está muriendo, medible y estadísticamente, de soledad autoinfligida. No hay otra forma de verlo que como una condición absurda, en el sentido preciso que Camus (1942/2012) dio a la palabra: el choque entre lo que somos y lo que hacemos con lo que somos.
V — El centro La ilusión de la elección: el punto central
Y todavía la comparativa no ha terminado, porque hay más en esta creación que lleva escrita en sí misma la destrucción, que tiene impresa en las venas la autoaniquilación. Tenemos este mundo donde podemos disfrutar de la comida, de las frutas, de la naturaleza; y teniendo dónde escoger, escogemos una pareja con quien gozar de la inmensidad del universo... y terminamos en una relación tóxica y miserable, primero con nosotros mismos y después con la belleza alrededor, haciendo insufrible una de las experiencias más hermosas que podamos vivir: el amor, y con él, la posibilidad de dar vida.
Pero el chiste —porque es un chiste, aunque retorcido— no consiste en escoger mal. El chiste es más cruel: la creación nos hace pensar que somos dueños de nuestras decisiones de manera racional, cuando en realidad escogemos desde nuestras heridas, desde nuestro condicionamiento, desde nuestra experiencia temprana. Este es el punto central de este ensayo, y no es una ocurrencia: es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología del último siglo.
Bowlby (1969/1982) demostró que el vínculo temprano con los cuidadores instala en el niño «modelos internos de trabajo»: plantillas inconscientes de qué es el amor, qué merezco, qué puedo esperar del otro. Hazan y Shaver (1987), en un artículo fundacional, mostraron que el amor romántico adulto es un proceso de apego: los vínculos afectivos entre adultos se forman de manera análoga a los que el infante formó con sus padres, y los tres estilos de apego infantil —seguro, evitativo, ansioso— reaparecen, con precisión inquietante, en cómo amamos de adultos. Freud (1920/1992) ya había nombrado el mecanismo con su concepto de compulsión de repetición: repetimos los patrones dolorosos tempranos no a pesar de que duelan, sino, en cierto modo terrible, porque nos resultan familiares. Y la clínica contemporánea lo confirma: Young, Klosko y Weishaar (2003) describen cómo los esquemas tempranos desadaptativos generan esa «química» inmediata hacia precisamente las personas que activan nuestras heridas más antiguas. Lo que llamamos flechazo es, con frecuencia alarmante, reconocimiento: el corazón no elige lo que le conviene; elige lo que le suena.
Y no se trata solo del amor. Kahneman (2011) mostró que la mayor parte de nuestras decisiones las toma un sistema rápido, automático y asociativo, mientras la razón llega después a redactar el comunicado de prensa. Damasio (1994) demostró que sin emoción no hay decisión posible: la razón pura del sujeto cartesiano no existe en ningún cerebro real. La conclusión converge desde la neurociencia, la psicología cognitiva y la teoría del apego: lo que usted cree haber escogido no es tan suyo como cree, dado su entorno y su historia. Si usted nació en condiciones poco alentadoras, raramente podrá escoger de forma limpia algo que sea realmente excepcional para usted, porque el instrumento con el que escoge fue calibrado por esas mismas condiciones.
Véase ahora la crueldad exquisita de la configuración. La creación es un tremendo compendio de genialidad, pero de una genialidad cruel: el disfrute de toda esta belleza está, en la práctica, vetado para la mayoría, porque la elección de con quién vas a disfrutar esta vida no se toma por razones de gozo o de felicidad; se toma desde la necesidad y desde el condicionamiento. Volvamos al ojo: elegimos con un instrumento que no podemos ver, y llamamos libertad al resultado. Escogemos para sobrevivir en lugar de escoger para vivir. Ahí está lo fascinantemente macabro. Absurdo —y sin embargo, como veremos, no es que tenga que ser así.
VI — La salida Sobrevivir no es vivir: contra la resignación
Una aclaración terminológica antes del argumento final, porque las palabras aquí importan. Usaré «estoicismo» y «epicureísmo» en su sentido popular contemporáneo, no en su sentido clásico —y conviene decirlo, porque el sentido clásico es casi el opuesto del popular. El estoicismo de Epicteto, Séneca y Marco Aurelio no era resignación pasiva sino una disciplina activa para distinguir lo que depende de nosotros de lo que no (Epicteto, trad. 1995). Y el epicureísmo histórico no era hedonismo desatado: Epicuro, en la Carta a Meneceo, define el placer como ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma, y recomienda deseos modestos, no banquetes (Epicuro, trad. 1999). Lo que critico, entonces, no es la Estoa; es lo que nuestra época ha hecho de ella: un estoicismo de autoayuda que es, en el fondo, resignación con buena postura. Y lo que propongo no es el hedonismo, sino algo más cercano a lo que Aristóteles llamó eudaimonía: el florecimiento, la vida lograda, la actividad del alma conforme a su excelencia (Aristóteles, trad. 2014).
Con esa precisión hecha, el argumento: una de las decisiones más importantes de una vida es saber elegir a la persona con quien vivir conscientemente y disfrutar de las cosas maravillosas de este mundo. No se trata de elegir a alguien que venga a darme la vida de un resignado; se trata de elegir para vivir desde la felicidad y los placeres legítimos que da esta vida. La resignación estoica —en su versión popular— no es una filosofía: es un síntoma. Es el resultado de vivir desde la tragedia oculta en la configuración misma del ser humano, el traje que uno se pone cuando ya asumió que la elección estaba perdida de antemano. Pero comprender el mecanismo no es someterse al mecanismo. Uno no estudia la trampa para admirarla: la estudia para salir.
¿Y se puede salir? Aquí el ensayo debe ser honesto en ambas direcciones. Si el condicionamiento fuera absoluto, este texto sería inútil: no tendría sentido llamar a elegir conscientemente a quien no puede elegir. Pero la misma literatura que documenta la trampa documenta la salida. La investigación sobre el apego adulto ha descrito el fenómeno de la seguridad ganada (earned security): personas con historias tempranas adversas que, a través de relaciones correctivas, de trabajo terapéutico, de la elaboración consciente de su propia historia, desarrollan un apego seguro que su infancia no les dio. Los modelos internos de trabajo son plantillas, no sentencias. El determinismo del condicionamiento es estadístico, no metafísico: describe la inercia, no clausura el futuro. La imbecilidad humana es inevitable como punto de partida —nadie elige su primera calibración—, pero no como destino. Esa es exactamente la diferencia entre una tragedia y una comedia: en la tragedia el héroe no puede escapar de lo que es; en la comedia, descubre a tiempo que podía.
VII — Coda La amargura como diagnóstico
Queda entonces el criterio, y es de una simplicidad clínica. La amargura, el rencor, la falta sostenida de alegría no son mala suerte ni mal carácter: son el síntoma de que lo que has escogido no fue escogido de manera inteligente sino condicionada. No elegiste conscientemente ser feliz; decidiste, condicionadamente, sobrevivir. El cuerpo lo sabe antes que la biografía lo admita.
Este mundo —quiero terminar donde empecé— es para venir a reír, a disfrutar, a gozar y a dejarse alcanzar por la belleza que nos rodea: la que hizo un Creador o la que tejieron el azar y la necesidad, según prefiera creer el lector, porque a la belleza no le importa nuestra teología. La obra está montada, el escenario es de una factura que humilla toda ingeniería humana, y las entradas fueron repartidas gratis al nacer. La única imbecilidad verdaderamente evitable es pasarse la función entera mirando el bolsillo. Que la primera calibración no fue nuestra, es cierto; que la última tampoco lo sea, eso sí sería, por fin, culpa nuestra. Comprender el mecanismo no es el final del asombro: es su condición. Solo el ojo que sospecha de sí mismo empieza, por primera vez, a ver.
✦ Referencias
- Aristóteles. (2014). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original del s. IV a. C.)
- Bowlby, J. (1982). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment (2.ª ed.). Basic Books. (Obra original publicada en 1969)
- Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (E. Benítez, Trad.). Alianza. (Obra original publicada en 1942)
- Damasio, A. (1994). Descartes' error: Emotion, reason, and the human brain. Putnam.
- Epicteto. (1995). Enquiridión (J. M. García de la Mora, Trad.). Anthropos.
- Epicuro. (1999). Carta a Meneceo. En C. García Gual, Epicuro. Alianza.
- Freud, S. (1992). Más allá del principio del placer. En Obras completas (Vol. XVIII, J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1920)
- Fromm, E. (2011). Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (F. M. Torner, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1955)
- Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello (A. Ciria, Trad.). Herder.
- Hazan, C., & Shaver, P. (1987). Romantic love conceptualized as an attachment process. Journal of Personality and Social Psychology, 52(3), 511–524.
- Hofstadter, D. R. (1979). Gödel, Escher, Bach: An eternal golden braid. Basic Books.
- Hofstadter, D. R. (2007). I am a strange loop. Basic Books.
- Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., Baker, M., Harris, T., & Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: A meta-analytic review. Perspectives on Psychological Science, 10(2), 227–237.
- Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.
- Kant, I. (2007). Crítica del juicio (M. García Morente, Trad.). Espasa. (Obra original publicada en 1790)
- Keltner, D., & Haidt, J. (2003). Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion. Cognition and Emotion, 17(2), 297–314.
- Nagel, T. (1974). What is it like to be a bat? The Philosophical Review, 83(4), 435–450.
- Pascal, B. (2012). Pensamientos (C. R. de Dampierre, Trad.). Alianza. (Obra original publicada en 1670)
- Shiota, M. N., Keltner, D., & Mossman, A. (2007). The nature of awe: Elicitors, appraisals, and effects on self-concept. Cognition and Emotion, 21(5), 944–963.
- Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico (A. Domínguez, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1677)
- Turkle, S. (2011). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other. Basic Books.
- Young, J. E., Klosko, J. S., & Weishaar, M. E. (2003). Schema therapy: A practitioner's guide. Guilford Press.