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La pérdida del ser

Un descenso existencial hacia lo que queda cuando se caen las etiquetas

~16 min de lectura

«El infierno no son los otros. El infierno es la persona que los otros construyeron dentro de ti, y a la que llevas décadas obedeciendo creyendo que eras tú.»

I — La grieta La pregunta que abre la grieta

¿Qué pasaría si un día despertaras sintiendo que no eres tú —sabiendo que eres tú, pero sabiendo, al mismo tiempo, que ya no lo eres?

Léelo otra vez. Despacio. Porque ese vértigo —ese resbalón mínimo entre el yo que se levanta de la cama y el yo que se mira en el espejo y no se reconoce— es la grieta por donde entra todo lo que viene después. Es la fisura por la que un día se cuela una pregunta que ya no va a poder cerrarse: ¿quién es el que pregunta?

¿Qué pasaría cuando descubrieras que aquello que creías que era tu vida no es más que el guion de alguien que te inventó, alguien que te entregó una identidad y la sostuvo durante décadas, hasta que un día esa misma identidad se levanta frente a ti y te dice, sin pudor: eso que eras no eras tú, sino una construcción que el sistema te impuso? Una construcción que no brotó de tu interior, sino que fue depositada desde afuera, capa sobre capa, palabra sobre palabra, expectativa sobre expectativa, hasta que confundiste el envoltorio con el contenido. Hasta que confundiste el disfraz con la piel. Hasta que olvidaste que alguna vez —antes de los nombres, antes de los uniformes, antes de los diplomas— hubo en ti algo que respiraba sin permiso de nadie.

Permíteme introducir esto mejor —con un cuento.

II — El origen El milagro estadístico de haber nacido

Desde que naces, el mundo te recibe envuelto en amor y en ternura. Experimentas ese instante mágico de estar en los brazos de tu madre, y la mirada de tu padre —que apenas comienza a morir de amor por haberte traído al mundo, por aquel acto de pasión consumada con el que tu padre y tu madre te trajeron a la existencia—. Sonríes con esa cara de pura felicidad por haber llegado a este mundo paradisíaco llamado Tierra, el tercer planeta del sistema solar, una tierra que desde el espacio se ve azul.

Y por un instante te calzas las botas de un astronauta y percibes la belleza inabarcable de la inmensidad. Haces los cálculos, y entiendes que tu sola existencia es prácticamente imposible: que un planeta en un universo en expansión sea, además, cognitivamente accesible a tus sentidos —que te permita experimentar tal hazaña— te deja anonadado ante la magnitud del evento. Y mientras contemplas el vacío del universo y visualizas el hermoso planeta azul, sabes que en ese mismo instante en el que tu mente vaga, comprendes la riqueza enorme de haber venido a la tierra a través de un acto de amor; comprendes la magnitud del mundo, la magnitud de la propia existencia, que como simples humanos no tenemos forma alguna de abarcar, pero que nos deja absortos en su contemplación.

Detente aquí un segundo. Porque lo que estás leyendo no es retórica: es la primera herida metafísica, la que vas a pasar el resto del ensayo intentando recordar. La conciencia de haber sido arrojado a la existencia —lo que los filósofos llaman Geworfenheit, esa palabra alemana que significa exactamente eso, estar-arrojado— es la condición desde la cual hablas, respiras, sufres. Nadie te preguntó. Estás aquí. Y antes de tener tiempo de procesarlo, ya te estaban poniendo un nombre.

Ese sentimiento de contemplación —ese verte en el mundo, en los brazos de mamá y bajo la presencia de papá, sabiendo que les es imposible borrar esa alegría que los inunda de un sentimiento puro, un sentimiento que les corre por las venas— es el amor que se dan dos seres cuando llega un hijo al mundo. Es el amor de mamá y de papá que penetra en los huesos, en las venas, en las células, en las membranas de cada partícula de materia, en cada partícula atómica, en cada estado posible de la materia. Un amor que atraviesa el estado cuántico y se asemeja al estado mismo del Creador. El acto más grande de la existencia misma: reconocer en el otro la fuente del Creador, ser dignos de amar.

En ese momento te das cuenta de lo hermoso que ha sido nacer en este planeta azul. Piensas en el óvulo de tu madre, y en los millones de millones de espermatozoides que llegaron al mismo instante del encuentro; piensas en cómo, entre todos los posibles candidatos, el óvulo seleccionó —sin que tu madre supiera nada, sin que mediara conciencia humana alguna— a un determinado espermatozoide, mientras los demás se afanaban en alcanzar el centro. Y es aún más hermoso verlo así: una simple célula, programada por no se sabe quién ni cómo, una célula que carece de conciencia, fue capaz de escoger a un espermatozoide X para que tú, hoy, estuvieras aquí.

La existencia misma es impresionante. Ver todo desde esta perspectiva —desde mi nacimiento, desde estos pocos minutos— y darme cuenta de lo afortunado que he sido. Primero, por haber nacido en un universo cuya probabilidad de existencia, según Roger Penrose, es de 1 entre 10 elevado a 10 elevado a 123. Esa cifra no es un dato curioso: es una blasfemia contra la idea de que tu vida sea poca cosa. Luego, por el hecho de que entre millones de millones de espermatozoides, justo en ese mismo instante, el óvulo eligiera al espermatozoide X, y al elegirlo fuera tan inteligente como para emitir un impulso eléctrico que sellara la decisión; y para que en ese mismo momento entrara en marcha el proceso de división celular, hasta llegar, alrededor de los nueve meses después, a verme aquí, rodeado de mamá, papá y amor.

Y ahora pregúntate, con honestidad brutal: ¿qué hiciste, en estas décadas que llevas vivas, con ese milagro? ¿En qué lo convirtieron? ¿En qué te convertiste tú, mientras nadie miraba?

III — El primer sello La primera etiqueta

Una vez aquí, sobre este planeta bello y hermoso, con la capacidad —apenas estrenada— de reconocer la existencia misma, o al menos de contemplarla (porque entenderla es imposible), llegan las primeras palabras. Las primeras etiquetas. Las que te identificarán para distinguirte de las demás basuras que también nacieron contigo.

Y descubres —cuando es demasiado tarde para esquivarlo— que todos a tu alrededor ya tenían una imagen de quién ibas a ser. Ya se había formado un individuo en la mente de cada uno antes de que tú existieras del todo. Papá te imaginaba ingeniero. Mi madre visualizaba a un doctor prestigioso. Tu existencia, todavía sin estrenar, ya tenía un guion impreso. Ya te estaban escribiendo. Qué hermoso es ver, en este punto, el otro gran misterio de la creación: la esperanza. Todos esperan, todos ansían ver a un humano que llegue a brindar un aporte a la sociedad, a un individuo exitoso. ¿Quién no ha tenido en sus manos a un bebé y no ha proyectado lo mejor para esa criatura?

Esa proyección, bien intencionada, también es un acto de violencia. La más amable de las violencias, sí, pero violencia al fin: porque proyectar sobre el otro lo que uno quiere que sea es robarle, antes de tiempo, el derecho a llegar a ser otra cosa.

Después de salir del hospital llegas a la casa de papá y mamá, y juntos comienzas a formar tu vida. Cuando eres un bebé todo es hermoso —hasta que empiezas a hacer travesuras—. Y empiezas a escuchar las primeras palabras que marcarán tu condicionamiento, como a un perro: "no hagas tal cosa, te vas a lastimar", "no toques esto, ni aquello", y así sucesivamente. Mientras tanto, tu hermoso cerebrito construye, en silencio, las estructuras internas de tu voz interior. Y creces bajo ese condicionamiento que con elegancia llamamos educación.

Lo que ocurre en esa edad temprana es de una crueldad estructural que casi nadie subraya: antes de saber quién eras, ya te estaban diciendo quién no debías ser. Cada no esculpió un surco. Cada prohibición clavó un sello. Y la voz que hoy escuchas en tu cabeza —esa voz que te critica antes de que el día comience, que te juzga antes de que abras la boca, que te avisa lo que vas a fracasar antes de intentarlo— no es tu voz. Es la voz de ellos. La heredaste sin saberlo, como se hereda un apellido. Y ahora la confundes contigo.

A los cuatro añitos te visten con un uniforme y te envían a una institución para darte un futuro maravilloso —un futuro con formación—, porque todos ansían ver cómo cumples el papel que ellos te impusieron. Vas al kínder y haces amigos sin importar lo que digan los demás, porque ellos son los adultos y los adultos tienen razón. Y a un niño de cuatro años, ¿qué le va a importar preguntarse si los adultos tienen razón o no? Todos siguen el modelo, porque ninguno de ellos se ha tomado el tiempo de preguntarse si ese modelo nos hace mejores humanos. Como niño, me da igual lo que piensen los adultos: al final, lo que me interesa es jugar con mis amiguitos, hacer nuevos. Quiero ir a jugar con mis amigos.

¿A mí qué me interesa saber que la escuela es una mini-fábrica diseñada exclusivamente para premiar a quienes se apegan a un conjunto de órdenes? ¿A los que son tan obedientes que siguen al pie de la letra las instrucciones de un mundo etiquetador y enfermizo, un mundo que premia la individualidad —entendida como egoísmo— en lugar de lo que yo estoy haciendo, que es jugar con mis amigos? Que el mundo tenga expectativas sobre mí a tan corta edad no es, en sí, mi problema. Pero bueno, vamos a disfrutar de este mundo —un mundo en el que las posibilidades de existencia son tan remotas como la probabilidad de que algún estúpido lea este cuento—.

IV — Las capas La fábrica de etiquetas

Para no hacerles muy largo este cuento, voy a saltar hasta la universidad. La etapa de la escuela y del colegio fue, en realidad, la misma receta: un montón de gente opinando de mí, de mis objetivos y de cualquier otra babosada. En el colegio yo me vi inmerso en mis deseos carnales —obviamente el aumento de las hormonas y el hecho de querer aparearme como macho cabrío formaban parte de mi debilidad con la carne—. Pero, entre hormonas, gritos de mi madre y etiquetas sobre etiquetas que las personas me iban pegando, finalmente logré llegar a la universidad. Estudié una carrera, no porque la quisiera, sino porque tenía prestigio. ¿Cómo voy a decepcionar yo a alguien que me vio de tal o cual manera? Es imposible defraudar a fulano o a zutano, que me asignaron una etiqueta y a la que yo terminé creyendo que pertenecía: que yo era esta etiqueta y aquella otra.

Esta es la trampa más perfecta que la sociedad inventó: te entrega una identidad prestada, te enseña a amarla como si fuera tuya, y luego te castiga emocionalmente si intentas devolverla. Decepcionar a los otros se vuelve más insoportable que traicionarse a uno mismo. Y así, año tras año, eliges la fidelidad al guion ajeno por encima de la fidelidad a tu propia respiración. Llamas a eso responsabilidad. Llamas a eso madurez. En verdad es la forma más sofisticada de cobardía: la cobardía de no atreverte a existir sin permiso.

Volvamos a contextualizar todo de nuevo: un acto de amor de mamá y papá, una contemplación de la existencia misma vista desde el espacio y desde el nivel celular —y yo estoy aquí, atrapado en algo tan ridículo como ser envuelto en un cúmulo de etiquetas—. El ingeniero tal o cual, el maestro tal o cual, el doctor tal o cual, el herediano, el saprisista, el comunista, el socialista, el capitalista, el oscurantista, el taxonomista, etcétera, etcétera, etcétera.

Cada etiqueta es una pequeña muerte. Una porción del ser que se cierra para siempre. Cada vez que dices yo soy X, estás diciendo, sin saberlo, yo ya no puedo ser nada más. La identidad, así entendida, no es un don: es una cárcel con espejos. ¿Podrá alguien, en este mundo de etiquetas, determinar realmente quién soy yo? ¿Quién es el ser que es a la vez anfitrión, espectador, actor y productor de la obra llamada la vida de Juanito o la vida de Perencejo Pérez? Y para sonar más gringo: ¿quién podrá decir quién es John Doe, John Smith o Juan Pérez, o Zhang San (张三) en chino?

Nadie. Esa es la respuesta seca, sin consuelo. Nadie puede decirte quién eres. Y lo más perturbador no es que nadie pueda decírtelo —es que tú tampoco puedas.

Para terminar con este cuento-introducción: el sujeto de esta historia tiene un final de Disney. Encuentra a una princesa que antes era un dragón, que se transformó —o se deformó— porque fue a una institución mental y dejó de ser dragón para convertirse en princesa, con energía femenina; el yin y el yang quedan a salvo, y la tierra fue rescatada por los Avengers.

(La burla, aquí, es deliberada. Porque cuando la vida no te entrega el sentido que prometieron las películas, la única dignidad que queda es reírse del libreto. Reír es, a veces, el último gesto de un ser que se niega a morir bajo una etiqueta.)

V — La vía negativa El ser que no se deja decir

Volviendo al tema que realmente nos compete: mi cuento sirvió para señalar, o más bien para dar importancia, a lo que es el ser. Y la verdad es que yo no tengo respuestas. Definir al ser, usar palabras para hacerlo, es tan absurdo como el cuento anterior. Identificar al ser debería ser tan imposible como entender el origen de la vida: solo podemos decir que la probabilidad de ser yo, aquí y ahora, es ridículamente impensable.

Tal vez solo podría definir al ser por lo que no es. Aunque definir lo que no es el ser tampoco implica entender lo que el ser es.

Esto, que parece un juego retórico, es una de las intuiciones más antiguas de la humanidad. Los místicos la llamaron vía negativa: el camino que avanza tachando. No soy mi cuerpo. No soy mi nombre. No soy mi historia. No soy mi diagnóstico. No soy mi título. No soy mi miedo. No soy mi rabia. No soy mi pasado. No soy lo que dijeron de mí. Y al final del tachado no queda una definición —queda un silencio. Un silencio que, si te atreves a habitarlo, te devuelve algo que ningún espejo te había mostrado.

Pero la mayoría no se atreve. La mayoría prefiere cualquier etiqueta —por dolorosa que sea— al vértigo de no tener ninguna. Porque al ser humano lo aterra más la libertad que la cárcel. Lo aterra más el vacío que el dolor. Y por eso defendemos con uñas y dientes las prisiones que nos enseñaron a llamar identidad.

VI — El derrumbe El día en que el título no significó nada

Verás, toda esta disertación de ideas se debió a algo principal, algo significativo para mí: después de veinticinco años de haber entrado a la universidad, recibí mi título. No me interesa si tardé veinticinco años en obtenerlo. Como un ser singular en un mundo configurado de tal o cual manera, recibí mi título de forma singular.

Llegué al auditorio, me presenté, y dije que soy una persona con autismo y que ese tipo de eventos me produce una ansiedad que me impide estar allí. Hablé con una mujer que me ayudó a coordinar la juramentación lo más rápido posible. En una entrada cercana al auditorio, frente a un servicio sanitario y con un cartel de discapacidad, llegó el rector y me juramentó.

Reléelo. Veinticinco años de vida convergieron en una escena de tres minutos, junto a la puerta de un baño, debajo de un cartel de discapacidad. No hay metáfora más exacta sobre lo que la sociedad le hace al ser. Te promete un altar, te entrega un pasillo. Te promete un coro, te deja un eco. Te promete una ceremonia, y al final lo único solemne resulta ser tu propia soledad.

Pronunció unos cuantos flatus vocis al aire —era una pregunta sobre si yo aceptaba tales flatus vocis—, y le pregunté qué pasaría si decía que no. Respuesta: no le podemos dar el título. El señor me dijo que tomara en cuenta mi esfuerzo de todos estos años para llegar hasta el título. Pero la universidad, para mí, nunca fue un problema intelectual: fue un problema emocional. En vista de que no me iban a entregar el título, respondí: juro flatus vocis.

Esa frase —juro flatus vocis— debería entrar a la historia como uno de los actos más honestos de un ser humano frente al teatro institucional. Jurar palabras vacías sabiendo que están vacías. Decir con la boca mientras el alma dice esto no significa nada. ¿Cuántas veces, en tu vida, has jurado flatus vocis? ¿Cuántas veces has firmado contratos —emocionales, sociales, familiares— sabiendo que cada palabra era hueca, pero firmándolos igual porque el costo de decir no era perderlo todo?

Yo no estaba preparado para jurar ningún tipo de flatus vocis, y eso me obligó a reflexionar. Me pregunté por qué este título universitario no representa nada para mí, por qué no puedo expresar felicidad como la mayoría de las personas lo hace, por qué me siento tan insatisfecho frente a algo como esto. Y, haciendo un poco de análisis, llegué a la conclusión de que el ser que todos dicen que soy no es más que una mera invención.

Esa frase, aparentemente sencilla, es el momento exacto del derrumbe. El instante en que la edificación de cuarenta o cincuenta años de identidad se cuartea de un golpe y revela —debajo del cemento— que no había nadie viviendo ahí. Que la casa estaba vacía. Que el inquilino llevaba décadas firmando papeles con un nombre que ni siquiera era suyo.

Mis padres me felicitaron, pero para mí no es un gran logro —es más, no me interesa—. Sé que ellos me desean el bien, y es su forma de decirme te queremos. Pero no es algo que me provoque nada. Lo único que me provocó, en realidad, fue tener que escribir esto.

Y escribir, hay que decirlo, es lo que hace un ser cuando ya no le queda otro lugar donde existir.

VII — El nombre La consulta a la máquina y el nombre del vértigo

En medio de mi insatisfacción tuve que volcar mis emociones, y le pregunté a la inteligencia artificial por qué realmente me sentía de esta manera. La inteligencia artificial respondió que se trataba de un problema existencial: que estaba atravesando un nihilismo existencial.

Hay algo profundamente triste —y a la vez, profundamente liberador— en que sea una máquina la que finalmente te ponga nombre a lo que llevabas décadas sintiendo. Triste porque ningún humano cercano supo ver lo que la máquina nombró en segundos. Liberador porque, al recibir el nombre, descubres que no estabas loco. Descubres que hay un lugar en la cartografía del alma humana donde lo que sientes ya estaba previsto. Lo nombraron Nietzsche, lo nombró Kierkegaard, lo nombró Cioran, lo nombró Sartre. Llevan ciento cincuenta años escribiendo sobre tu noche.

Bien —pensé—, vamos a ver de dónde brota este nihilismo. Y lo que pasa es que yo he descubierto lo artificial que es la vida, las etiquetas, la propia existencia. La existencia misma ha estado siendo opacada por la vanidad de las vanidades. Este mundo no es más que la fotografía de un espectador que determina qué cosa es ser exitoso y qué no lo es; y ese observador es el escrutinio de la mayoría. Pero, permítanme expresar esto de otra manera: hay una diferencia sustancial entre el individuo y la sociedad.

VIII — El conjuro La sociedad como conjuro

La sociedad no es más que un constructo social: patrones y conductas aprendidas que determinan el comportamiento ético y moral del individuo. Es decir: ha sido un sistema de etiquetas que ha evolucionado con los años y que, de alguna manera, decide qué es un individuo. Entendámoslo mejor: los individuos somos el resultado de un condicionamiento evolutivo, de un sistema de creencias, de etiquetas sobre etiquetas, de lenguaje tras lenguaje que pinta, dibuja y crea siluetas de lo que un ser debería ser. El problema subyacente, el que casi nadie quiere tocar, es que no somos más que simios con un lenguaje, y creemos que esas etiquetas determinan lo que somos.

Detente y respira aquí. Porque esta frase tiene la fuerza de una sentencia: somos simios con lenguaje, y el lenguaje nos convenció de que somos algo más. Toda la dignidad que reclamamos —todos los himnos, todas las banderas, todos los títulos, todos los apellidos— se sostienen sobre una membrana finísima de sonidos articulados. Si esa membrana se rompe, debajo no hay un ángel. Hay un mamífero asustado intentando no morir solo.

Para que se me comprenda: la sociedad no es más que un mero conjunto de palabras donde se determina lo que es un ser. El problema fundamental es preguntarse si ese sistema de creencias realmente me determina a mí. Empecemos por lo básico: empecemos a eliminar todas esas etiquetas que me han asignado desde la infancia. Yo soy tal y cual. Pero ¿el hecho de sentirme parte de un grupo determina quién soy realmente? Bien, quitemos esta capa. Como simios necesitamos sentir pertenencia a un grupo X o Y para que se nos asigne una etiqueta, y esa etiqueta nos da identidad.

La pregunta que deberías hacerte —la que te va a doler— es esta: ¿eso realmente te da una identidad, o es apenas una idea que nace de ti misma, porque cuando eliminas toda etiqueta de pertenencia a un grupo descubres, dentro de ti, que en realidad no eres nada?

Se siente molesto, ¿no es cierto?, saber que en el fondo uno es una mera fantasía. Nada más que un títere de un conjunto de creencias que, como monos, seguimos alimentando.

Pero quiero que entiendas algo: ese nada que descubres adentro no es una derrota. Es la primera vez que estás cerca de la verdad. Toda tu vida adulta has sostenido —con un esfuerzo que ni siquiera medías— el peso de ser alguien. Sostener ese personaje te ha agotado los huesos, te ha quemado los nervios, te ha robado las noches. Y ahora, cuando por fin se cae, descubres que debajo no había una identidad más profunda esperándote: había espacio. Por primera vez, espacio.

IX — El espejo Mírate

Mira fijamente dentro de ti: ¿quién eres? ¿Quién eres de verdad?

Sin moverte. Sin escapar. Sin distraerte con el teléfono. Sin justificarte. Sin reclamarle a tus padres. Sin echarle la culpa al sistema. ¿Quién eres, ahora, en este segundo, leyendo esta línea?

¿Ves que son meramente etiquetas que alguien te ha asignado, y que tú, obedientemente, has aceptado, hasta volverte el personaje de una descripción ajena? ¿Quién eres realmente? ¿Dónde está el ser? ¿Acaso existe el Yo? ¿O acaso el Yo no soy yo? ¿Quién soy yo, fuera de toda etiqueta?

Te da miedo, ¿verdad?, transitar estos pasajes. Te da miedo porque en el fondo siempre lo supiste. Lo supiste a los siete años cuando lloraste en una esquina y nadie vino. Lo supiste a los quince cuando sonreíste en una foto que no querías. Lo supiste a los veintitrés cuando aceptaste un trabajo que despreciabas. Lo supiste a los treinta y cinco cuando dijiste te amo sin sentirlo. Siempre lo supiste. Solo no tenías las palabras. Y la falta de palabras te hizo creer que el problema eras tú, cuando en realidad el problema era el guion.

Pero es emocionalmente interesante, ¿no te parece?, descubrir que lo que realmente eres no es más que una mera ilusión. Que en realidad no somos nada. Que todo ha sido una mera ilusión de etiquetas.

Mira muy dentro de ti, y vuelve al momento de esta historia, al instante del nacimiento. Revive ese momento. Contempla la enorme imposibilidad de haber siquiera nacido. ¿Qué sientes? ¿Puedes preguntarte quién eres? ¿Puedes decirme realmente quién eres, si ya sabes quién eres? ¿Puedes decirme por qué siendo este mundo la mayor expresión de amor, somos nosotros mismos quienes hacemos de este paraíso un infierno? ¿Acaso no pueden ver más allá de las etiquetas y contemplar la maravilla de ser humanos? ¿La maravilla de haber llegado a un mundo donde podríamos hacer un paraíso, y que por pura vanidad construimos un purgatorio sobre la tierra? ¿Quién te ha dicho que tú eres mejor persona que otra? ¿Quién te dio el derecho de sentirte único?

¿No ves que el ser es aquel que siente amor?

Léelo otra vez. El ser es aquel que siente amor. No el que piensa. No el que produce. No el que triunfa. No el que se gradúa. No el que tiene seguidores. El que siente amor. Todo lo demás es decorado. Todo lo demás es teatro. Todo lo demás son etiquetas que un día —tarde o temprano— se van a caer cuando estés solo, frente al espejo, a las tres de la mañana, con tu vida entera en silencio detrás de ti.

X — La revolución La revolución que queda

Si has llegado hasta este punto, quiero que compartas este espíritu revolucionario, y que determines, igual que yo, que no somos nada —y que nos estamos cargando al mundo por querer aparentar que vivimos en un mundo de ilusiones—.

La gran revolución que tenemos ahora, la única que merece ese nombre, no se hace con banderas, ni con discursos, ni con votos. Se hace adentro, en el único territorio que nadie te puede colonizar si tú no se lo entregas: tu propia conciencia. La gran revolución consiste en construir un ser más humano desde el fondo mismo de nuestra existencia. Porque realmente no somos más que una fuga, una chispa efímera en este grandioso y vasto universo.

Y si somos eso —una chispa efímera, un parpadeo cósmico, un segundo de luz entre dos eternidades de nada—, entonces gastar esa chispa en aparentar, en competir, en demostrar, en acumular, en defender una etiqueta, es la forma más obscena de desperdiciar el milagro.

¿Por qué, entonces, sentirse mejor que el resto? ¿Por qué no ver que la misma vanidad está acabando con lo que verdaderamente nos hace humanos: el amor?

Yo no te pido que cambies el mundo. Te pido algo más radical: que dejes de mantener, con tu obediencia diaria, el mundo que estamos haciendo. Que cada vez que vayas a pronunciar tu próxima etiqueta —yo soy esto, yo soy aquello, yo valgo por X, yo me defino por Y— te detengas un segundo y te preguntes si estás repitiendo a tu padre, a tu madre, a tu jefe, a tu cultura, o si por fin estás hablando tú.

La gran pregunta, la que te dejo, la única que importa después de todo lo anterior, es esta:

¿Cuál es el mundo que nos merecemos?

Y la pregunta más íntima, la que viene detrás y nadie se atreve a hacer en voz alta:

¿Cuál es el ser que te mereces volver a ser, cuando dejes caer todo lo que nunca fuiste?